¿Realmente tengo que Planificar?

¿Qué tan real es que “no hace falta planificar en ciertas situaciones”? Desde mi punto de vista esto es una ilusión, sostenida por la ausencia de un documento ‘material’ concreto y palpable en muchas de las situaciones en que efectivamente se consiguen resultados. Prácticamente en todos los casos existe un plan, sólo que éste suele ser más ‘básico’. Menos elaborado. Menos pensado. Y ese plan está en nuestra mente.

 ¿Está esto mal? No, es al contrario para la gran mayoría de nuestras actividades cotidianas. Aquellas que de hecho son parte de nuestros hábitos o de las cuales tenemos suficiente experiencia como para tener muy claros los pasos que debemos dar. Nuestra mente tiene la habilidad de manejar  muchísima de la información necesaria para cumplir con nuestros objetivos.

 ¿Cuándo viene la necesidad de ‘exteriorizar un plan’? Cuando las metas son más ambiciosas o cuando tenemos una cantidad de metas y tareas que empiezan a conflictuar entre sí. En esos puntos, en aquellos que producen un cambio de escala, nuestra mente alcanza sus límites. Algunos pueden expandirlos con más facilidad que otros y ahí es donde nos encontramos con gente que parece una máquina haciendo de todo y por lo general con buenos resultados.

Pero no nos confundamos. Aún los individuos más capaces tienen límites y lo más probable es que los encuentren más rápido que la media de las personas porque naturalmente su ambición los llevará a intentar cada día un poco más. Su ambición y por supuesto la sociedad a la que sirven, que nada entiende ni cuida de sus límites estrictamente personales.

Ahí, cuando se alcanza el punto de escala de actividades que nos hace tocar un techo, es donde surge la diferencia entre un buen profesional y uno mediocre. Aquel individuo que tiene un enfoque profesional de lo que hace y que por ende persigue resultados, hará lo que tenga que hacer para alcanzar sus objetivos. De su mayor o menor determinación, sabiduría y actitud para tomar decisiones, así como de la disciplina y efectividad de los métodos que elija dependerá su éxito.

Cuando se alcanzan esos puntos, es muy difícil  que no se necesite un plan explícito. Tal vez sea para realizar un proyecto muy ambicioso y complejo. Tal vez para ordenar sus prioridades porque se embarcó en más proyectos de los que puede efectivamente ocuparse.

Es muy común que la gente esquive la tarea de formular un plan por escrito. Y es comprensible. Requiere esfuerzo y energía. El problema es que cuando es realmente necesario hacerlo es precisamente porque nuestra mente no está en condiciones de integrar toda la información relevante que es necesaria en un formato coherente y que se sostenga en el tiempo. Así como nuestro cerebro es una maravillosa herramienta capaz de manejar montones de cosas simultáneamente, también tiene la habilidad de llevarnos por caminos sinuosos, especialmente cuando cunde el caos (interno o externo). Podemos rápidamente perder de vista nuestros objetivos, de largo o corto plazo, a veces porque la realidad así lo exige, y otras tantas porque en el devenir de nuestra ejecución el enfocarnos en lo que hacemos nos quita la necesaria perspectiva.

Existen quienes argumenta que los planes terminan en la basura tan pronto se enfrentan a la realidad. Pero no nos engañemos. Suponer falsamente que es innecesario planificar debido a que a la postre podemos tener que tirar el plan a la basura es un error que un verdadero profesional no puede darse el lujo de caer. Y el motivo es muy simple: la base de nuestra toma de decisiones se hará sobre el cimiento de lo previamente trabajado, en conjunto con la nueva información que presente la realidad. Eso nos proporcionará un marco de trabajo contra el cual contrastar los supuestos, conclusiones y resultados de manera permanente y cuanta más elaboración contengan mejor será nuestro conocimiento del escenario imperante.

Cuanto más complejo sea un proyecto mayor será la necesidad de asegurar la información relativa al plan, y la mente humana en ciertos niveles es más proclive al error. El plan representa un ancla ante el caos al que nos enfrenta esa realidad y es precisamente ahí donde no hay opción si se quieren alcanzar resultados. En esos casos tener un plan resulta ‘indispensable’.

JC

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